Ana tiene seis años y una misión: vestir la muñeca de madera de Burambole que
armó con ropa hecha por ella misma.
Cuando arrancamos solo pensaba en brillos y detalles. No se imaginaba lo que
implica confeccionar ropa. Pintar el patrón sobre la tela fue una odisea, pues esta
se mueve, se estira y no se deja tan fácil. Coser fue peor: tardó bastante, puntada
por puntada, se dio más de un piquete y hubo una que otra puntada mal puesta
que tuvimos que deshacer para volver a empezar. Lo hemos hecho en equipo, ella
y yo, durante varias tardes. Ya logramos los jeans, pero nos falta la playera,
deséennos suerte.
Podría contar esto como una anécdota tierna y quedarme ahí. Sin embargo, lo que
he visto en estas tardes es una niña que por unas horas deja los videos de
YouTube (que yo odio y ella ama), para aprender que hacer algo bien toma más de
un intento, y que equivocarse no es el final del proceso sino parte de él.
Esta semana la presidenta Sheinbaum anunció que buscará regular el uso de
celulares y redes sociales entre menores, preocupada —con razón— por lo que la
inmediatez y el scroll infinito le están haciendo a la salud mental de las infancias y
juventudes. Coincido con el diagnóstico. No obstante, creo que regular la
tecnología es solo parte del trabajo. Otra parte consiste en preguntarnos qué les
damos en su lugar.
Vivimos una economía que se mueve a la velocidad de la luz y que fomenta la
satisfacción inmediata en casi todo lo que hacemos. Sin embargo, la trampa está
en que esa misma economía exige habilidades cada vez más sofisticadas para
entrar y crecer en el mercado laboral, incluyendo aquellas blandas que se forman
desde edades tempranas. Esto lo confirma un reporte reciente del Foro
Económico Mundial que muestra que el pensamiento analítico es la habilidad más
valorada por los empleadores, seguido de la resiliencia, la flexibilidad y la
capacidad de adaptación, el pensamiento creativo y la motivación con
autoconciencia.
Todas estas habilidades que no se aprenden en una pantalla, pero sí se estimulan
a través del juego como dice Iben Dissing Sandahl autora del libro Play: The
Danish Way. Sobre todo, se requieren actividades que representen retos que
lleven a las personas a tolerar la frustración de no obtener los resultados
esperados a la primera.
Ahí está una contradicción que también deberíamos estar discutiendo. No solo
cuánto tiempo de pantalla es aceptable, sino qué estamos poniendo en el lugar de
esa pantalla para fomentar el desarrollo integral de las niñas, niños y
adolescentes.
Estoy convencida de que una niña o un niño que casi no practicó esperar su turno
en un juego de mesa, o tener paciencia con un rompecabezas, o arreglar unos
jeans mal cosidos, o cualquier actividad similar, le será mucho más difícil manejar
el error en un trabajo, en un proyecto, en una vida.
Quienes cuidamos —madres, padres, quien sea que acompañe a las infancias en
su tiempo libre— tenemos una misión que no está en ningún debate legislativo:
notar que el aburrimiento y la frustración bien encauzados no son el enemigo, son
el entrenamiento. Que un juguete que obliga a detenerse vale más de lo que
cuesta. Y que, mientras el país discute cómo regular las pantallas, en algunas
casas ya se está construyendo, puntada por puntada, la generación que
necesitará habilidades humanas bien desarrolladas para no quedar a merced de la
tecnología, sino saber usarla a su favor.