De repente, todas y todos estamos hablando de educación, porque los resultados
de PISA 2025 nos dieron muchas razones para preocuparnos. Sin embargo,
también nos mostraron que las y los jóvenes en nuestro país tienen rasgos que
vale la pena detectar e impulsar, incluso fuera de las aulas, para fortalecer su
aprendizaje.
PISA es la evaluación internacional de la OCDE que mide qué saben y qué
pueden hacer las y los estudiantes de 15 años en comprensión lectora,
matemáticas y ciencias.
Como era de esperarse, los resultados para México no son alentadores, somos el
penúltimo país peor evaluado. Apenas 30% de las y los estudiantes alcanza el
nivel mínimo de competencia en matemáticas y solo la mitad lo consigue en
ciencias y lectura. Les recomiendo seguir el análisis del Instituto Mexicano para la
Competitividad (IMCO) si quieren profundizar en este ángulo.
No obstante, yo quiero enfocarme en unos datos del reporte que me dieron
esperanza: 80% de los estudiantes mexicanos dice tener curiosidad por muchas
cosas y 76% asegura que hace un esfuerzo adicional cuando una tarea se vuelve
difícil. En ambos indicadores México está por arriba del promedio de la OCDE.
Curiosidad y perseverancia podrían parecer habilidades secundarias frente a
resolver una ecuación o comprender un texto. Sin embargo, bien encauzadas son
cualidades súper necesarias para aprender.
La curiosidad nos lleva a preguntar por qué pasan las cosas, buscar explicaciones
y explorar aquello que no conocemos. La perseverancia nos impulsa a seguir
intentando cuando las cosas no salen como queremos. Ambas características
están en el corazón del pensamiento científico.
Además, 12% de los estudiantes con mayores desventajas socioeconómicas en
México logró colocarse entre el 25% con mejor desempeño en ciencias del país.
PISA les llama estudiantes académicamente resilientes.
Esto confirma que hay talento en potencia en nuestro país. La pregunta es cómo
impulsarlo a pesar de las carencias y los rezagos del sector educativo. Es decir,
qué se puede hacer, más allá de la política pública, para impulsar estas mentes
curiosas y tenaces.
Llevo algunos meses leyendo e investigando con Movimiento STEM+ sobre
programas y acciones en este sentido. Desde clases extracurriculares que giran
en torno a la ciencia y la tecnología hasta iniciativas del sector privado con
organismos internacionales para fomentar habilidades fundacionales.

Por ejemplo, la Fundación Instituto Natura y la UNESCO han alcanzado a más de
1.1 millones de estudiantes en 11 estados para impulsar la alfabetización inicial.
Su premisa es que aprender a leer y escribir durante los primeros años de primaria
construye los cimientos para continuar el aprendizaje y avanzar después en áreas
como ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.
Las niñas, niños y adolescentes que hoy van a la escuela serán parte de la fuerza
laboral del futuro. Ojalá que estos resultados nos muevan a impulsar más
iniciativas de esta naturaleza desde la sociedad civil, las empresas y otros
espacios que pueden contribuir a desarrollar el talento que PISA nos muestra que
tiene potencial.
Esperar a que las carencias del sistema educativo se resuelvan solas nos puede
salir demasiado caro. El costo no solo lo pagarán las y los estudiantes y sus
familias, sino también las empresas que mañana necesitarán ese talento para
crecer, innovar y competir.