Cada vez que abro mi Instagram me encuentro posts que me hacen pensar ¿otra
vez está de moda estar muy flaca? ¿Qué tan sano es eso?
Después de años de hablar de body positivity, cuerpos diversos y de la
importancia de no opinar sobre el peso de otras personas, pareciera que el
péndulo va de vuelta.
Últimamente se muestran más artistas y figuras públicas con cuerpos mucho más
delgados que detonan conversaciones controversiales. Que si Demi Moore y las
presiones por envejecer en una industria obsesionada con la imagen. Que si
Ariana Grande y el estado de su salud física y mental. Que si está bien o mal
comentar sobre cuerpos ajenos.
Y sí, estoy de acuerdo en que cada quien vea por su cuerpo, pero esta tendencia
que se empieza a manifestar por la delgadez extrema me llama mucho la atención
por dos razones. Primero, porque soy mamá y no falta tanto para que mis hijos
entren al mundo de las redes sociales, por más conservadora que yo quiera ser.
Segundo, porque tengo un interés particular en cómo nuestro entorno puede influir
en decisiones que creemos completamente individuales.
Este regreso de la delgadez coincide con la era de medicamentos efectivos para
perder peso. Ozempic y otros similares han cambiado las posibilidades para tratar
la obesidad y otros padecimientos. Por lo que entiendo, son una gran alternativa
para personas que los necesitan, cuando forman parte de un tratamiento integral
acompañado por profesionales de la salud y de cambios de hábitos que puedan
sostenerse en el tiempo.
Sin embargo, mi preocupación surge cuando estos tratamientos se cruzan con la
obsesión por la imagen, la presión de las redes sociales y la posibilidad de
conseguirlos sin tomar con la misma seriedad sus riesgos. Situación que puede
ser mucho más fuerte para las personas más jóvenes que viven de los “likes”.
Y esto apenas empieza. Hace poco escuché a Rosa Laura López y Maca Riva
hablar sobre la siguiente generación de medicamentos para perder peso, con
resultados todavía más sorprendentes. La retatrutida, apodada en el internet como
“Reta” o “GLP-3”, ni siquiera ha sido aprobada por autoridades sanitarias y al
parecer ya constituye un negocio enorme porque se puede conseguir de formas
cuestionables.
¿Hasta dónde llegará esta tendencia?
Verse bien, sentirse a gusto con el cuerpo y querer cambiarlo son decisiones
absolutamente personales. Pero ¿qué pasa cuando esta decisión viene
acompañada de un bombardeo de imágenes que dictan expectativas sociales?

El estándar cambia de forma constante y no necesariamente tiene como objetivo
principal la salud.
Tal vez ahí está el reto. No en juzgar los cuerpos y las decisiones médicas de las
celebridades y de nuestra comunidad, sino en ser inteligentes para no subirnos a
la tendencia del momento y priorizar nuestro bienestar.