El escándalo del examen de admisión de la UNAM me tiene profundamente
impactada. Como dijo Pamela Cerdeira en una de sus emisiones, este caso
“sienta un precedente importantísimo”. Coincido y tiene muchísimas aristas, desde
las tecnológicas y legales hasta las institucionales y educativas, por mencionar
algunas.
Hoy enfoco estas líneas a la lección que nos podemos llevar a casa y a las
escuelas. Un mensaje para mamás, papás, educadores y cualquiera que conviva
con las nuevas generaciones.
Todavía no sabemos con certeza qué ocurrió en el primer examen de admisión de
la UNAM 100% en línea. Hay investigaciones abiertas para determinar el alcance
de las irregularidades detectadas y también ya hay hipótesis de los cuáles me
brincan dos fenómenos.
Por un lado, están las trampitas: las cuentas en redes sociales que explicaban
cómo burlar el sistema y los videos con «tips» para aprovechar huecos
tecnológicos que se mencionaron mucho al principio. Por el otro están las
trampotas: las organizaciones que, presuntamente, vendían respuestas a
preguntas reales o la posibilidad de suplantar identidades para sacar un mayor
puntaje. La diferencia entre unas y otras es enorme, aun así me pregunto por qué
es tan grande el apetito por este tipo de estrategias.
Una de las leyes del mercado que se dice todo el tiempo en economía es que para
que exista oferta, tiene que haber demanda.
Si hay influencers enseñando cómo revisar otro celular en un punto ciego de la
cámara, es porque hay personas dispuestas a consumir ese contenido. Si
aparecen organizaciones que ofrecen esquemas mucho más sofisticados para
defraudar un examen, es porque existen clientes potenciales.
No soy ingenua. Yo creo que este tipo de trampas siempre han existido y en
múltiples contextos, solo que en esta ocasión fue tal el alcance que no se puede
ignorar. Y abre una conversación muy incómoda.
Me imagino la desesperación de miles de jóvenes que ven en la UNAM una
oportunidad para cambiar su vida. También entiendo que muchas y muchos llegan
a ese examen después de haber estudiado en escuelas con carencias de
habilidades y conocimientos, en un sistema educativo que les ha fallado.
A pesar de ello, es importante recordar que la integridad se aprende y se practica
todos los días. Sí, es irritante vivir en un país con tanta desigualdad, pero eso no
puede ser justificación para hacer trampa, porque las trampas pequeñas terminan
normalizando fraudes mucho mayores.

Pienso también en quienes hicieron el examen de forma legítima. En la angustia
de saber que su esfuerzo inicial no sirvió de mucho. Las consecuencias de las
trampas a veces no solo perjudican a las personas que tomaron una decisión
equivocada, como en este caso
Por eso, no dejemos que este escándalo se quede solo en auditorías,
investigaciones o discusiones sobre plataformas tecnológicas (que es muy
importante). También aprovechémoslo para hablar de integridad en casa y en las
escuelas.
Hacer lo correcto cuando todos los elementos están alineados es sencillo. Lo difícil
es hacerlo cuando sentimos presión, cuando creemos que el sistema nos ha
tratado injustamente o cuando pensamos que nadie se va a enterar, ahí es donde
la integridad se pone a prueba. Y como cualquier otra habilidad, no se improvisa:
se practica y se fortalece decisión tras decisión, mucho antes de que llegue la
“evaluación” que nos presente la vida.