Agosto se me hace eterno por todo lo que implica el regreso a clases.
Que si los uniformes, los zapatos, los libros, los materiales. Que si hay forma de
cuadrar los nuevos horarios de entrada y salida, las rondas y las actividades de la
tarde. En mi caso, este ejercicio se multiplica por tres porque tengo hijos e hija de
edades muy distintas.
Es como jugar un “Tetris familiar” que requiere una buena dosis de carga mental
para estirar el tiempo y el ingreso entre todos los pendientes.
A primera vista, este asunto parecería ser completamente privado. Sin embargo, el
regreso a clases tiene implicaciones para las empresas, porque buena parte de su
personal tiene responsabilidades familiares.
Alrededor de la mitad de los trabajadores son padres y siete de cada 10
trabajadoras son madres, según cálculos con datos del Inegi. Esto sugiere que la
mayoría de las personas colaboradoras están como yo y mi marido: preocupados
por el gasto adicional y por encontrar los arreglos necesarios que nos permitan
seguir generando.
El inicio del ciclo escolar implica reacomodar una red de cuidados que permite que
millones de madres y padres puedan trabajar. En esta red se incluyen a las
escuelas, como señaló de forma burlona hace unos meses el secretario Mario
Delgado, puesto que son parte de la infraestructura social que libera tiempo para
las personas cuidadoras.
El problema es que existe un desfase entre los horarios que ofrecen las escuelas y
centros de atención infantil y lo que necesitan madres y padres que trabajan en
empleos con jornadas generalmente rígidas.
En los casos más extremos, una persona decide abandonar su empleo o buscar
otra opción para atender las necesidades de su familia. En un país como México,
donde las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo de
cuidado generalmente son ellas quienes absorben estos ajustes.
No siempre el desenlace es tan drástico. Muchas veces se conserva el trabajo y
simplemente se sobrevive a unas semanas particularmente complicadas mientras
se acomodan los nuevos horarios y necesidades. Esto puede reducir el
rendimiento laboral, aunque sea por un tiempo.
Además, el regreso a clases trae consigo una presión financiera considerable.
Uniformes, útiles, colegiaturas, transporte y actividades representan gastos
adicionales que también pueden convertirse en una fuente de estrés para las
personas trabajadoras.

Ante este panorama, ¿qué pueden hacer las empresas?
¡Muchas cosas y no necesariamente con un alto presupuesto! Las acciones
pueden ir desde informar mejor hasta ofrecer ciertas consideraciones y, sobre
todo, escuchar a su personal.
Por ejemplo, una opción es aprovechar la coyuntura para recordar a las personas
colaboradoras los beneficios que ya tienen disponibles y que podrían aliviar
algunas de estas presiones. Otra es tener consideraciones a la hora de evaluar el
desempeño durante esta época. Asimismo, es un buen momento para abrir
canales de comunicación con las personas colaboradoras para detectar ajustes
que la organización podría realizar en el corto o mediano plazo y reducir fricciones
innecesarias.
Las empresas no están para resolver los desafíos familiares de su personal. Sin
embargo, si quieren ofrecer condiciones de trabajo más humanas y empáticas,
pueden empezar por reconocer que detrás de una buena parte de las y los
trabajadores existe una historia de cuidados.
En ese sentido, el regreso a clases ofrece una oportunidad para que las empresas
revisen qué tan compatibles son sus condiciones laborales con la vida de las
personas. Esto no es solo un gesto de empatía, sino también una forma de tener
personas más enfocadas, comprometidas y capaces de permanecer en sus
empleos.