El inicio de un año nuevo suele verse con esperanza, como si bastara con cambiar de calendario para activar una versión mejorada de nosotros mismos. Hacemos listas de propósitos –desde leer más y dormir mejor hasta ser más productivos y controlar nuestras emociones– con la sensación de que el bienestar depende de optimizar nuestros propios recursos. No obstante, vale la pena detenernos un instante y preguntarnos si esta colección de buenos deseos es, en realidad, lo que necesitamos para sentirnos más plenos.
Hace unas semanas la revista británica The Economist publicó un artículo hasta cierto punto incómodo sobre los libros de autoayuda. A lo largo de la historia, estos libros han prometido guiarnos hacia el éxito, la felicidad o la plenitud a partir del esfuerzo individual, aunque bajo distintos disfraces. Antes se trataba de fortalecer la fuerza de voluntad, hoy el énfasis está en construir hábitos saludables, eficientar el uso del tiempo o aplicar herramientas de control emocional. Pese al cambio en el lenguaje, el mensaje de fondo es el mismo: tu bienestar depende exclusivamente de ti.
Y sí, algo hay de cierto en ello. No podemos responsabilizar a otras personas de nuestro estado emocional ni de la interpretación que le damos a lo que nos sucede. Sin embargo, el artículo señala que esta narrativa puede derivar en un hiperindividualismo contraproducente, sobre todo si olvidamos que somos seres sociales y que necesitamos la interacción con otras personas para sentirnos bien. En parte, por eso el impacto de los libros de autoayuda tiende a ser limitado o de corto plazo.
En contraste, la filósofa y escritora irlandesa Iris Murdoch sostenía que la plenitud llega cuando dejamos de mirarnos obsesivamente y dirigimos nuestra atención hacia los demás. Un concepto que denominaba unselfing.
Esa misma idea aparece con fuerza en la película Familia En Renta. Sin spoilear demasiado, la historia sigue a Philip, un actor estadounidense que vive en Tokio sin sentido de pertenencia ni éxito profesional. Su suerte cambia cuando comienza a trabajar para una agencia que “renta” familiares. Este es un servicio común en Japón, en el que actrices y actores son contratados para acompañar a personas que atraviesan por soledad o necesitan enfrentar situaciones personales específicas, desde una comida hasta un momento emocionalmente complejo.
A lo largo de la película se observa cómo estos vínculos “rentados” generan emociones genuinas, aun cuando las personas involucradas saben que no son relaciones reales. El servicio no solo beneficia a quién contrata, sino también al actor, quien pareciera haber encontrado un propósito que poco a poco transforma su propia vida al cuidar, escuchar y estar presente para alguien más.
En un mundo donde la tecnología, las redes sociales y las expectativas nos empujan constantemente a la perfección y a cumplir con estándares que se sienten inalcanzables, tanto el artículo como la película apuntan a que el bienestar no se construye únicamente desde el yo.
Tal vez, en esta segunda semana de 2026, valga la pena volver a la lista de resoluciones y eliminar una enfocada en optimizarnos, para sustituirla por un compromiso distinto. Uno que nos permita mirar más hacia afuera, porque, paradójicamente, hay más evidencia de que la plenitud aparece cuando dejamos de intentar arreglarnos todo el tiempo y empezamos a estar más disponibles para otras personas.