Esta es una columna diferente para mí. A diferencia de lo que suelo escribir, hoy hablaré sobre mí y de cómo encontré mi voz. Una voz que, con el tiempo, he entendido como una forma de activismo que podría describir como realista y sutil, con el fin de promover mayor inclusión en el mundo del trabajo.

Desde muy chica he tenido la inquietud de dejar una huella. Cuando era niña no se hablaba de privilegios como se hace ahora, pero siempre he estado consciente de lo afortunada que soy, por lo que sé que me toca regresarle “algo” a la vida.

Curiosamente, ese camino no empezó donde muchos podrían imaginar. Estudié economía pensando en trabajar en una casa de bolsa y lo logré, pero a los pocos meses me di cuenta de que no me llenaba y prefería una profesión donde pudiera ponerle rostro a las cifras. Que los análisis y las decisiones económicas tuvieran un impacto real en la vida de las personas.

Ese interés se consolidó cuando estudié en la Universidad de Columbia. El programa al que asistí tenía la premisa de formar profesionistas capaces de entender la ciencia y los temas técnicos, pero también de traducirlos para distintas audiencias con el fin de lograr resultados. Ahí entendí que la evidencia y los datos pueden cambiar vidas, pero solo si se usan con intención y se comunican de forma que muevan voluntades.

Esa convicción se fortaleció años después en mi paso por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). Empecé colaborando en proyectos de salud ambiental y planeación urbana y poco a poco me fui especializando en la agenda social. Siete años después fundé y dirigí el área de Sociedad Incluyente, dedicada a generar inteligencia útil para México sobre inclusión económica de las mujeres.

El IMCO es, sin duda, una de las mejores “escuelas” profesionales que hay en el país. Ahí aprendí que el rigor técnico es indispensable y está a la par de la comunicación efectiva y asertiva. Cuando se busca incidir en decisiones públicas o empresariales, no basta con tener razón. Hay que saber explicar, conectar y encontrar puntos de encuentro entre distintos intereses.

También fue ahí donde empecé a desarrollar una personalidad pública. Para alguien que siempre se sintió cómoda como “ratoncita de biblioteca”, eso implicó salir bastante de mi zona de confort. De pronto tuve que explicar ideas en radio, televisión, columnas y foros públicos. Con el tiempo entendí que un buen dato, bien utilizado y acompañado de una historia que le dé vida, suele tener mucho más poder que frases trilladas que solo apelan a la emoción del momento.

Otra lección importante fue entender que el cambio rara vez ocurre de forma inmediata. Aunque en el plano ideal uno quisiera transformaciones ambiciosas, en la práctica los avances suelen construirse paso a paso. Y en agendas complejas como la social, a veces se necesita una voz más conciliadora, capaz de tender puentes entre distintas perspectivas.

El espacio donde he descubierto que esas conversaciones pueden ser especialmente fructíferas es el mundo de los negocios. Cuando la evidencia se conecta con la viabilidad financiera y la planeación estratégica de las empresas, la inclusión deja de verse como un gesto simbólico y empieza a entenderse como una decisión inteligente.

Esa convicción es la que hoy trato de reflejar tanto en las columnas que escribo como en el trabajo que realizamos en Noubi Advisors, la consultoría que fundé con colegas que comparten la idea de que los datos sirven para construir organizaciones más inclusivas y productivas.

Con el tiempo he entendido que mi forma de activismo no es la más visible. No suele expresarse en consignas ni en pancartas, más bien ocurre en informes y en conversaciones con quienes toman decisiones. Por eso estoy convencida de su potencial. Cuando la narrativa le da vida a la evidencia, es posible abrir los ojos de quienes tienen la capacidad de cambiar las cosas.