En cualquier empleo, sin importar el sector o el nivel de responsabilidad, la brújula ética es indispensable. Esa colección de principios y valores que nos permite anticipar las consecuencias de nuestros actos y, sobre todo, poner en el centro la dignidad de otras personas. No es una cuestión moralista, sino un filtro cotidiano para decidir hasta dónde sí y hasta dónde no.
Hace unos días escuché un par de episodios del podcast Chisme Corporativo, dedicados a analizar los escándalos más controvertidos en los que ha participado McKinsey & Company como firma asesora. Dos de estos casos llamaron mi atención por la gravedad de las consecuencias.
El primero tiene que ver con la estrategia de optimización de costos que la consultora recomendó al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), la agencia que hoy es temida por la cruzada contra la migración ilegal impulsada por Donald Trump. En 2018, recomendó a la institución recortar el tamaño de las porciones de comida, eliminar el aire acondicionado y disminuir la atención médica en centros de detención. Tal vez ahí se sembraron algunas de las prácticas que hoy asociamos con una organización que deshumaniza sistemáticamente a las personas que caen en sus manos.
El segundo caso fue el diseño de la estrategia comercial de Purdue Pharma para vender más OxyContin, el medicamento que detonó la devastadora crisis de opioides en Estados Unidos y que después se sustituyó por fentanilo. Entre las recomendaciones estuvo presionar a médicos para recetar mayores cantidades, promover dosis más altas, eludir restricciones de las farmacias e incluso contrarrestar los mensajes de madres de adolescentes que habían muerto por sobredosis. Una estrategia de ventas brillante en el papel, bajo el supuesto de que el medicamento era inocuo. En la realidad, derivó en millones de muertes y en una crisis de salud pública que, hasta hoy, no ha logrado contenerse.
Ambos ejemplos muestran que un análisis costo-beneficio puede convertirse en una herramienta peligrosa, incluso letal, si carece de un componente claro de integridad. En el podcast, sus conductoras se preguntaban si esto reflejaba una práctica sistemática de la firma de consultoría más influyente del mundo. Sin embargo, creo que el mensaje va mucho más allá de desacreditar a una empresa en particular. Lo verdaderamente inquietante es constatar hasta dónde pueden llegar las decisiones cuando se toman sin una brújula ética que marque límites.
Todas las personas tenemos algún grado de influencia en nuestro entorno, y nuestras decisiones –o recomendaciones– generan consecuencias. Quienes nos dedicamos a la consultoría no ejecutamos directamente, pero sí sembramos ideas que pueden tener impactos profundos, positivos o negativos, en la vida de otras personas. No basta con escudarse en que solo “sugerimos”.
Y este dilema no es exclusivo del mundo corporativo o de las grandes firmas. Una doctora puede sugerir una cirugía innecesaria para incrementar sus ingresos. Un abogado puede perder deliberadamente un caso si se arregla por fuera con la contraparte. Una empresaria puede ofrecer condiciones laborales inhumanas para reducir costos. En México hablamos mucho de corrupción, pero pocas veces nos preguntamos cuánto aportamos a ella en lo cotidiano, incluso de forma disfrazada o normalizada. Ahí radica, justamente, la relevancia de la brújula ética.
Todo puede empezar con una reflexión tan básica como poderosa: si esto que estoy por hacer o recomendar llegara a sus últimas consecuencias, ¿a quiénes afectaría y de qué manera? Es una pregunta sencilla, pero funciona como un termómetro eficaz para saber si seguimos el rumbo correcto o si ya empezamos a desviarnos.