Hay experiencias deportivas que no alteran el marcador, pero sí la forma en que entendemos el juego.

El fin de semana pasado mis hijos jugaron dos partidos de fútbol que nacieron como preparación de otro equipo para una competencia internacional, pero en la realidad nos dieron una de las mejores lecciones de inclusión cotidiana que hemos vivido.

Carlos y Nicolás, futboleros desde hace varios años, jugaron contra Gallos Smiling, un proyecto deportivo inclusivo, mixto y gratuito para personas con discapacidad intelectual. Según su página, se reúnen dos horas a la semana con entrenadores capacitados y compiten en torneos nacionales e internacionales. En unos días viajarán a Guatemala y buscaban partidos de preparación.

Como mis hijos juegan en dos categorías distintas, vivimos dos experiencias completamente diferentes.

En el partido del más chico, el objetivo no era competir al máximo. Su equipo tenía que dar 10 toques antes de intentar meter gol. La regla obligaba a contener las ganas de golear, a jugar en equipo y a darle oportunidad al rival.

El segundo partido fue otra historia. Las y los jugadores adultos de Gallos Smiling salieron con todo, sin concesiones. Corrían, hacían carga “ruda” y jugaban con una intensidad que terminó en una goleada contra Cefor Titanes. Aunque lo dieron todo, tuvieron que adaptarse a un rival que jugó mejor.

Al terminar, ambos salieron felices y con el corazón lleno. En la tribuna también se respiraba un ambiente distinto. Todas las personas presentes aplaudimos todos los goles. En siete años acompañando a mis hijos en torneos, nunca me había tocado vivir algo parecido.

Como suelo pensar que la cancha es una versión en miniatura de la vida, les pregunté a los dos qué sentían y por qué. Ninguno supo explicarlo con detalle, solo Nico dijo “no sé, se siente bonito”. Yo pensé lo mismo.

Llevo días desmenuzando la idea y tengo tres hipótesis.

La primera es que, por un par de horas, desapareció la lógica del rendimiento. Las infancias viven en un mundo donde casi todo se mide: quién gana, quién mete más goles, quién es el mejor. Ese día el objetivo cambió y ganar dejó de ser lo importante sin que se sintiera que el partido no valía. Al contrario.

La segunda es que hubo una conexión humana muy auténtica. Las personas con discapacidad intelectual tienden a expresar la emoción con menos filtros. Celebran, se esfuerzan, se frustran y vuelven a intentarlo con una honestidad que contagia. Creo que mis hijos se sintieron identificados con esas ganas de competir, de mejorar y de disfrutar el fútbol, aunque su realidad sea distinta.

La tercera es que dar produce alegría y plenitud. Al llegar, mis hijos pensaron que “iban a hacer un favor”. Al salir, quedó claro que la experiencia había sido un ganar-ganar. Las caras de las y los jugadores, de los entrenadores y de quienes estábamos en la tribuna decían exactamente lo mismo.

No sé cuál de estas hipótesis explica mejor lo que pasó. Quizá sean las tres. Lo que sí sé es que ojalá existieran más espacios así, no solo en el fútbol, sino en cualquier deporte. Si tienes hijas o hijos que practican alguna disciplina, busca una oportunidad como esta. ¡Vale muchísimo la pena!

Este tipo de experiencias rompe esa “dimensión desconocida” que muchas veces genera distancia, incomodidad o rechazo. Cuando convivimos de verdad, las etiquetas pierden fuerza y aparecen las personas.

La inclusión suele entenderse como una oportunidad para quienes históricamente han quedado fuera, y lo es. No obstante, también es una oportunidad para quienes creemos estar del otro lado. Nos obliga a mirar distinto, a competir distinto y, sobre todo, a vivir distinto.

Quizá ese sea la mayor lección de ese sábado: la inclusión se entrena y tiene el poder, no solo de cambiar la vida de las personas a las que se incluye, sino también la de todas las que tienen la fortuna de encontrarse en la misma cancha.