La mejor estrategia para viajar a México es aprender a identificar a las personas favorecidas del sistema y cuidarse de ellas. Eso aprendí hace unos días en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) a menos de un mes de que el país reciba a millones de aficionados del mundo entero.

Decidí viajar a la Ciudad de México desde Querétaro en un camión que llegaba al filo de la medianoche. ¡La peor decisión!

La Terminal 1 del AICM –y la Terminal 2 también– está en plena remodelación, con zonas cerradas y sin señales claras. Descubrí que no es nada fácil moverse y está una a la merced de las personas de vigilancia que te dan explicaciones poco precisas.

Caminé hacia la zona de taxis, pero no vi los módulos de venta de boletos. Sin embargo, en segundos se me acercó un señor a ofrecer “taxi autorizado” y muy amablemente me invitó a seguirlo hasta su auto. El vehículo era idéntico a los demás, salvo por un logo apenas diferente. Como buena chilanga, algo me dijo que aquello olía mal, y me regresé. Ese taxi de dudosa procedencia me cobraba $700 pesos a la zona de Desierto de los Leones, y hasta aceptaba tarjeta.

El mismo señor, cuando vio mi desconfianza, me indicó la travesía para llegar a los módulos. Caminé hasta ahí y pregunté por los precios del viaje que necesitaba hacer. En el primer módulo, me dijeron que el viaje costaba $1,300 pesos. ¡Un insulto!

En el módulo de al lado, me cobraban $825 pesos. Me pareció carísimo. Un abuso, considerando que el autobús Querétaro-AICM me había costado 25% menos que eso, pero lo acepté pensando que era el “costo de la formalidad” al compararlo con la tarifa del posible taxi pirata.

Lo que no acepté tan bien fue que, al momento de abordar, me llevaron a una camioneta de siete pasajeros. Me quejé. El conductor, con una calma que solo da la impunidad, me explicó que la diferencia con un sedan eran $40 pesos. Nadie me había preguntado qué tipo de vehículo quería, ni cuántas personas viajarían. Ya estaba en zona "segura", así que bajé la guardia. Tampoco me quise pelear más, llevaba una hora tratando de llegar a dormir.

Llegué a mi destino. Sana, salva y $825 pesos más pobre de lo necesario. Sin embargo, me quedé con la sensación de haber sido asaltada con recibo.

En cualquier otra ciudad del mundo y del país, hubiera sacado el celular para pedir un Uber con lo que hubiera pagado menos de la mitad. En el AICM eso no es posible sin tener que caminar kilómetros, con todo y maleta, hacia zonas oscuras fuera del perímetro federal. Los taxistas concesionados llevan meses bloqueando accesos y las autoridades, lejos de resolverlo, despliegan a la Guardia Nacional para proteger el negocio.

Si eso me pasó a mí, que conozco los trucos de la Ciudad de México desde que tengo memoria, qué le espera a las personas extranjeras que nos visitarán en el Mundial. El aeropuerto funciona de la forma en la que fue diseñado, donde los grupos de interés que controlan las concesiones de transporte se protegen a través de un mercado cautivo.

No vale la pena hablar de lo que debería cambiar desde la política pública para que el flujo de personas turistas tengan una mejor experiencia que la mía. Por eso, prefiero hablarle directamente a ellas.

La CDMX es una ciudad increíble para vivir la pasión futbolera, con calidez humana y comida extraordinaria. Sin embargo, no se dejen engañar. Por más ajolotes y barandales morados que vean, piensen mal y acertarán, porque hay grupos que buscarán aumentar sus rentas a costa de la ignorancia de quienes nos visitan.